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2.
Considero que algunos aspectos de mi vida sí son resultado de privilegios que me dan ventaja frente a otras personas. Por ejemplo, el acceso a la educación que tengo actualmente, especialmente en un campo técnico como el dibujo, es una oportunidad que no todos pueden tener. También el hecho de contar con recursos como internet, materiales de trabajo y acompañamiento académico facilita mucho mi proceso de aprendizaje. Además, tener un entorno que me permite proyectarme hacia el futuro y pensar en estudios o proyectos es una ventaja importante, ya que muchas personas deben enfocarse primero en cubrir necesidades básicas.
Reconocer estos privilegios es importante porque me ayuda a entender que no todas las personas parten desde el mismo punto. Esto me permite ser más consciente, evitar juzgar a los demás sin conocer su contexto y desarrollar empatía. También considero que es clave para actuar con responsabilidad, ya que si tengo ciertas ventajas, puedo aprovecharlas no solo para mi beneficio, sino también para aportar de manera positiva a mi entorno. En ese sentido, reconocer los privilegios no significa sentirse culpable, sino ser más consciente y actuar de forma más justa.
Si estuviera cerca de conductas como las de una relación con una persona insegura, controladora, narcisista o tóxica, lo primero que haría sería reconocer que ese tipo de dinámicas no son sanas y que, aunque a veces se normalicen, afectan el bienestar emocional. Intentaría poner límites claros, expresando lo que me incomoda y lo que no estoy dispuesto a permitir. Si la otra persona no muestra cambios o respeto por esos límites, tomaría distancia, porque entiendo que no es mi responsabilidad “arreglar” a alguien que no quiere cambiar. También buscaría apoyo en amigos, familia o alguien de confianza para tener una visión más objetiva y no quedarme aislado dentro de la situación.
En cuanto a experiencias similares, sí he tenido o he estado cerca de situaciones donde la otra persona mostraba actitudes de inseguridad o control, como celos excesivos o necesidad de supervisar todo. Eso me hizo darme cuenta de lo desgastante que puede ser emocionalmente y de cómo poco a poco uno puede perder tranquilidad o incluso autonomía. A partir de eso, aprendí la importancia de identificar esas señales desde el inicio y priorizar mi bienestar, entendiendo que una relación sana debe basarse en la confianza, el respeto y la libertad, no en el control.
Al observar una situación así en el contexto de una clase difícil, siento principalmente incomodidad y tensión, porque el ambiente se vuelve pesado y afecta la forma en la que uno se concentra y participa. También puede generar frustración, ya que en lugar de ser un espacio tranquilo para aprender, se convierte en un entorno cargado emocionalmente.
Sí me identifico en cierta medida, sobre todo con la sensación de estar en medio de algo que no es sano y no saber muy bien cómo actuar al principio. A veces uno intenta adaptarse o ignorar la situación para no generar más conflicto, pero con el tiempo se da cuenta de que eso también afecta su propio bienestar. Esto me lleva a reflexionar sobre la importancia de reconocer estas dinámicas y no normalizarlas, incluso dentro de un espacio como el aula.
El comentario de Sebastián me hace pensar en cómo todavía existen ideas y estereotipos de género muy marcados. Da la impresión de que pone una responsabilidad extra sobre las mujeres, como si tuvieran que “demostrar” algo o representar a todo su género dentro de la carrera. También sugiere que la exigencia no es igual para todos, sino que está cargada de una intención que puede ser injusta o incluso discriminatoria, aunque no necesariamente se diga de forma directa.
En cuanto a si alguna vez no he podido acceder o disfrutar de un lugar por prejuicios, creo que en algunos momentos sí he sentido que me encasillan por ciertas ideas previas, ya sea por la edad, la forma de ser o incluso por el área en la que estudio. Eso puede hacer que uno se sienta limitado o que no lo tomen completamente en serio, lo cual afecta la confianza y la forma en que uno se desenvuelve.
Y sobre si alguna vez he impuesto barreras a otros por prejuicios, considero que es posible, aunque no haya sido de forma consciente. Todos crecemos con ciertas ideas o estereotipos, y a veces sin darnos cuenta podemos juzgar o asumir cosas sobre otras personas. Reconocer eso es importante, porque permite cuestionarse, cambiar esas actitudes y tratar a los demás de una manera más justa y abierta.
En algunas de mis relaciones, los estereotipos y prejuicios han influido en que las cosas no salgan como esperaba. Por ejemplo, cuando una persona asume cómo debería comportarme o qué debería hacer solo por mi forma de ser, mi edad o incluso por el área en la que estudio, se genera una presión que no es justa. Eso hace que la relación deje de ser natural y se vuelva más tensa, porque uno siente que tiene que encajar en una idea que no necesariamente corresponde a quien es realmente.
También he notado que en ciertos casos esos prejuicios llevan a malentendidos o a actitudes como el control, los celos o la desconfianza, lo que termina afectando la comunicación. Esto puede generar incomodidad y frustración, ya que en lugar de sentirse en confianza, uno empieza a sentirse limitado o juzgado constantemente.
En lo personal, esas experiencias me han hecho sentir malestar e incluso cierta angustia, porque afectan la tranquilidad y la forma en que uno se relaciona con los demás. Sin embargo, también me han servido para aprender a identificar esas situaciones, poner límites y entender que una relación sana debe basarse en el respeto, la confianza y la aceptación, no en estereotipos o expectativas impuestas.
7.
En mi experiencia dentro de la universidad, he establecido diferentes tipos de relaciones con personas que cumplen roles distintos. Por ejemplo, con los docentes, quienes tienen una posición de autoridad porque evalúan mi desempeño académico; con coordinadores, que manejan procesos administrativos; con otros estudiantes, especialmente en trabajos en grupo; y en algunos casos con monitores, que tienen cierto dominio sobre temas específicos.
En varias de estas relaciones se pueden identificar asimetrías de poder. La más evidente es la relación docente–estudiante, ya que el profesor tiene la capacidad de calificar, tomar decisiones sobre el curso y, en cierta forma, influir en el proceso académico del estudiante. También se presentan asimetrías en trabajos grupales, donde uno o varios estudiantes asumen el control, y en relaciones con personal administrativo, que puede facilitar o dificultar procesos importantes.
Considero que una relación de poder empieza a vulnerar derechos cuando se maneja de forma inadecuada. Por ejemplo, cuando hay abuso de autoridad, falta de claridad en las evaluaciones, trato desigual, o cuando se ejerce presión sobre la persona que está en una posición subordinada. También ocurre cuando no hay espacios seguros para expresar inconformidades o cuando una persona se aprovecha de su posición para obtener beneficios propios.
Finalmente, pienso que sí, una relación de poder puede implicar la vulneración de derechos de la persona subordinada, especialmente si no está guiada por principios éticos como el respeto, la equidad y la transparencia. Sin embargo, también entiendo que estas relaciones son necesarias dentro de la universidad; el problema no es la existencia de la asimetría, sino cómo se gestiona.
Si yo conociera la situación de María Clara, considero que desde mi rol como estudiante dentro de la comunidad universitaria se espera que actúe con empatía, responsabilidad y respeto. No tengo una posición de autoridad, pero sí puedo aportar desde el acompañamiento y el apoyo humano.
Entiendo que después de una situación emocional difícil, como una ruptura, es normal que una persona pierda motivación y eso afecte su rendimiento académico. En este caso, el hecho de que haya faltado a un parcial y luego haya intentado comunicarse con el profesor muestra que, aunque está pasando por un momento complicado, todavía tiene intención de responder por sus responsabilidades.
Frente a esto, lo primero que haría sería escucharla sin juzgarla, tratando de entender cómo se siente y qué tan afectada está. También intentaría motivarla a que no abandone el curso y a que busque soluciones dentro de lo posible, como hablar de manera honesta con el profesor, revisar el reglamento académico o acudir a instancias de apoyo de la universidad.
Además, le sugeriría que no enfrente la situación sola. Podría acudir a servicios de apoyo psicológico o bienestar universitario, ya que este tipo de espacios están precisamente para acompañar a estudiantes en momentos difíciles. Como compañero, mi rol no es resolverle el problema, pero sí orientarla y acompañarla para que tome decisiones más conscientes.
Finalmente, creo que también es importante respetar los límites institucionales. Aunque quisiera que le den otra oportunidad, entiendo que los profesores deben seguir ciertas normas. Por eso, apoyaría a María Clara en su proceso, pero sin justificar completamente la falta, sino ayudándola a asumir la situación de manera responsable y buscar alternativas dentro del marco de la universidad.
9.
En caso de estar cerca de alguien que incurra en una conducta MAAD (acoso, discriminación o cualquier forma de violencia), considero que lo primero que debo hacer es no ignorar la situación ni normalizarla. Muchas veces estas conductas pasan porque quienes están alrededor no dicen nada o las toman como algo “normal”. Desde mi posición como estudiante, puedo intervenir de manera respetuosa si el contexto lo permite, o apoyar a la persona afectada, escuchándola y validando cómo se siente.
También es importante no ser cómplice del silencio, por lo que, dependiendo del caso, buscaría orientación o reportaría la situación a los canales institucionales que tiene la universidad. Entiendo que no siempre es fácil actuar directamente, pero al menos no debería reforzar la conducta con burlas, indiferencia o justificaciones.
Por otro lado, para cuidar a las otras personas y promover una sana convivencia, creo que es clave empezar por acciones cotidianas: respetar las diferencias, evitar comentarios ofensivos, y ser consciente del impacto de lo que digo o hago. Además, es importante fomentar espacios donde las personas se sientan seguras para expresarse sin miedo a ser juzgadas.
Finalmente, pienso que promover una sana convivencia también implica escuchar activamente, empatizar con los demás y cuestionar lo que está normalizado cuando puede estar afectando a alguien. Como estudiante, mi rol no es solo cumplir con mis responsabilidades académicas, sino también aportar a una comunidad más respetuosa, inclusiva y consciente.